Decisiones.

Ser papá lo cambia todo: una afirmación que hemos escuchado incontables veces pero que, regularmente, tomamos a la ligera hasta que nos encontramos con un bebé en los brazos.

Antes de tener hijos, nos repetimos que no seremos como otros papás, que nuestra relación de pareja no cambiará, que seguiremos saliendo con amigos, que tendremos al menos veinticinco minutos para bañarnos y que la frase duerme mientras puedas, ni siquiera te asusta pero de repente… llega el primer bebé (o el segundo o tercero o dos en el mismo combo) y te das cuenta de que todo es diferente. Todo cambió.

Y sí, todo cambia -la única constante es el cambio- pero en mi caso, había algo que no tenía idea que cambiaría para siempre: mis decisiones.

Con la llegada de Pía comencé a cuestionar cada una de mis decisiones, desde las más simples a las más complejas.

Cuestiones tan sencillas como cuáles biberones comprar se vuelven confusas cuando te encuentras frente a un stand de doce marcas diferentes, cuatro diseños de tetinas (ni siquiera sabía que así se llamaban), múltiples colores de botellas y una persona que insiste en que su marca no causará (los temibles) cólicos a tu bebé y cuando por fin te decides por uno, aparece alguien más que sugiere tener el MEJOR esterilizador de biberones pero “desafortunadamente”, no es compatible con los que habías escogido y entonces… empiezas nuevamente a cuestionar tu decisión.

Pero ahí no termina, es más, justo comienza.

Empiezan las decisiones desde el nombre que eliges para tu bebé y el tipo de parto que te gustaría tener, qué pediatra consultar, cuánto tiempo le darás leche materna (después de cuidar lo que comes durante el embarazo, ahora tienes que decidir qué dieta seguir durante la lactancia) y cuándo iniciarás con la ablactación, qué cuna comprar, cuál asiento de coche es más seguro y, hablando de seguros, ¿qué póliza de educación deberías contratar? Y te cuestionas si valdrá la pena salir con ese grupo de amigos sabiendo que al día siguiente te espera una larga mañana entre juegos y llantos… Todo se resume a millones de decisiones.

Al final, la crianza es una decisión de todos los días pero he aprendido que como mamá hay que estar lista para tomar decisiones y a contar con un plan B o C o D y que las decisiones siempre se toman desde el corazón, que sin importar si te juzgan, la respuesta a cualquier cuestión siempre será el amor y felicidad de nuestros hijos y esa siempre será la mejor decisión.

Cariños,

Mamá Mel.

 

 

 

 

 

 

 

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