De family friendly a child-free.

Esta es la escena:
Mi esposo, Pía y yo llegando a un restaurante.
Nos recibe la hostess con la pregunta: “¿mesa para dos?” y, antes de contestar, volteo a ver a Pía o su enorme carriola y me muevo (según yo, discretamente) para sacudir la pañalera o el juguete que traigo en las manos esperando que rectifique la pregunta para después contestar con una sonrisa (casi) natural: “no, somos tres”.

La escena se repite casi de manera sacramental en los restaurantes y cafeterías. A veces cambia el número de la pregunta inicial por un “dos y medio” pero el sentimiento que me produce es el mismo. Me encantaría contestar que no, un bebé no es media persona y sí, somos tres. Pía ocupa un asiento y un lugar en la mesa. Pero el tema va mucho más allá.

Cada vez son más los restaurantes que presumen haber “detectado” las necesidades de las personas y han colocado cargadores para celular en las mesas, el menú en tablets, apps para pagar y descargar facturas y, por supuesto, WiFi pero no tienen cambiadores en los baños y, si los tienen, sólo están en el de mujeres (como si fuera tarea de cierto género) y en espacios reducidos y expuestos. Ni hablar de inexistentes salas para lactancia…

El mobiliario pudo haber sido escogido por algún despacho de interiorismo que delicadamente asignó un lugar para cada objeto pero que obvió que las familias salen a comer con los hijos y que ellos necesitan un asiento especial. En algunos lugares ni siquiera tienen sillitas para bebés y, en otros, las sillas son tan inseguras como inservibles.

Hace unas semanas, encontré en Internet la noticia de aerolíneas que ofrecerán asientos de avión childless y, aunque me parece buena idea que el viajero pueda escoger la zona en que viajará, promoverlo bajo el término “child free” puede generar exclusión, rechazo e incompatibilidad hacia las familias con niños. Me parece no sólo ofensivo sino innecesario.

Todo está en la retórica: “¿quieres viajar en una zona familiar con espacios diseñados especialmente para padres e hijos?” en lugar de “papás, ¿quieren viajar con nosotros? Consideren que en esta zona no pueden porque los viajeros se oponen a los gritos y llantos de su bebé y sí, nosotros los apoyamos.”

Aunque nadie está exento de un mal compañero de viaje, sin importar la edad del viajero, generar una publicidad que descarte a los niños lo siento excesivo pues provoca (más) intolerancia infantil.

Los papás y, por supuesto, los niños no queremos invadir espacios arbitrariamente pero sería mucho más conveniente tener la opción de salir a comer o de viaje, con la tranquilidad de encontrar espacios diseñados para familias con bebés y niños.

Cada vez son más comunes los espacios Pet Friendly  (y conste que me encantan) y, exceptuando las cadenas mundiales de restaurantes, son muy pocos los lugares diseñados especialmente para papás e hijos.

Aunque es una necesidad que descubrí hasta que Pía nació y tal vez sólo podemos mostrar empatía cuando se nos genera esa necesidad por visitar un restaurante con espacio suficiente para la carriola o aeropuertos con áreas de lactancia o nursery, he decidido buscar lugares Family Friendly y dejar los child free para momentos con mi esposo y amigos. Ya les contaré los resultados.

Cariños,

Mamá Mel.

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